Crecí pescando en los ríos de Nuevo León, y esa curiosidad por entender al pez —dónde está, por qué muerde, cómo vive— terminó marcando mi vida entera. Me hice biólogo para ponerle nombre a lo que ya sentía en la orilla. Hoy comparto ese conocimiento, sin tecnicismos, con la comunidad que me bautizó como «El Científico de la Pesca».
No pesco por suerte. Pesco por método. Y el método empieza por entender al pez, no por engañarlo.
— Gerardo GóngoraMis primeras lecciones de pesca no fueron en un aula. Fueron a la orilla del río Ramos, en Allende, Nuevo León, donde aprendí a leer el agua antes de aprender a leer un libro científico. Cada poza, cada tronco hundido, cada cambio de corriente guardaba una pista sobre dónde estaba el pez y por qué.
Esa curiosidad nunca se apagó. Con los años quise entender lo que veía: por qué la lobina muerde distinto según la temperatura, cómo el agua y el ecosistema deciden la pesca de un día. La biología fue la manera de responder esas preguntas con rigor, no con suposiciones.